La experiencia práctica es uno de los componentes más críticos de la Formación Inicial Docente (FID) con un gran impacto en la calidad de los profesores y educadores (Zeichner, 2010). A pesar del reconocimiento otorgado a la práctica, esta representa una instancia compleja para los profesores y educadores en formación, ya que se vive como un proceso “emocional, física e interpersonalmente demandante con significativas consecuencias en el desarrollo docente y en la permanencia en la profesión” (Gray, Wright & Pascoe, 2017, p.37). Asimismo, es posible entender la experiencia práctica como un ‘punto de des/encuentro’ entre las universidades y las instituciones educativas, en una relación muchas veces problemática y tensa, que ubica a profesores y educadores en formación en un escenario complejo en el que deben desempeñarse. Con el fin que las oportunidades de práctica que los Programas de Formación ofrecen a los futuros profesores y educadores conformen una potencial plataforma de cambio y reflexión sobre la profesión, promuevan instancias que permitan internalizar supuestos y desplegar prácticas de enseñanza centradas en el alumno, problematicen la relación entre teoría y práctica y nutran la práctica reflexiva, apoyen la articulación del conocimiento pedagógico desarrollado en la universidad en escenarios reales, así como permitan la observación de sí mismo y de otros enseñando (Aydin el al., 2013; Chunmei & Chuanjun, 2015; Hume & Berry, 2013; Mostofo, 2014; Rees, Pardo & Parker, 2012; Tessema, 2006) la literatura destaca dos condiciones principales a las que atender.